Mirage

By qilombo

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La blanca ciudad fantasmal cuyas calles no se podían pisar, y que tenía por aceras la sombra cambiante de los palacios, le parecía a Longfellow una flota que desapareciese como un espejismo o una torre hecha de nubes. Insubstancial como el agua, el aire, el brillo del fuego. Sin embargo, es eterna. Adormecida en el reflujo de los siglos, parece que nada cambia en Venecia, y si cambiase, dejaría de ser ella misma. ¿Acaso podrían rellenarse los canales sin que desapareciese su encanto? Este verano pasé por Vannes, sin ser consciente de que, según cuenta Chateubriand en las Memorias de ultratumba, los vénetos y los bretones de esa zona comparten un mismo origen que se pierde en el tiempo, aunque no se sepa quién colonizó a quién. Italia, y Venecia, son tierra de asilo: un refugio donde fueron felices tipos como Stendhal, Musset, Gorky, Byron, Shelley, etc. Chateaubriand estuvo en dos ocasiones, separadas por 27 años de ausencia, el mismo tiempo que demoró Marco Polo en volver de China. Su regreso a la ciudad fue motivado por su lealtad a la causa de la monarquía: tenía que encontrarse con la Duquesa de Berry, la “delfina” de Francia, napolitana de nacimiento, quien solía lamentarse de que Venecia fuese, en sus propias palabras: “el exilio dentro del exilio, es ya el otro mundo; tiene más de recuerdo de la vida que de la vida misma”. La Duquesa y su hijo habitaban un lujoso palacio donde se conservaba una parte de la historia de Francia, algunos restos del naufragio que fue la Gran Revolución: entre otras cosas, el libro de oraciones de María Antonieta, las cartas de Enrique IV…Ya por entonces, la mayor parte de los palacios habían sido abandonados por sus dueños. Nada quedaba de éstos en las estancias desiertas, salvo quizás sus espectros en el silencio polvoriento, el mismo que cubría los retratos resignados de presencias en otro tiempo risueñas. Ni Byron ni la Duquesa volvieron nunca a sus países, a ambos los detestaban allí, aunque por motivos diversos. Karl Marx se alegró de que el aristócrata inglés hubiese muerto jóven luchando por la libertad de Grecia, pues de no haber sido así, pensaba que hubiese terminado sus días convertido en un reaccionario. Chateaubriand, por su lado, era un monárquico enfrentado con la caverna monarquista. Desengañado de la vida y de la política, emprendió la escritura de unas memorias que sólo se publicarían después de muerto. Estas palabras le pertenecen: “Lectores, sed pacientes con estos arabescos; la mano que los trazó nunca os hará ya daño; está seca. Recordad, cuando los veais, que sólo son las caprichosas volutas trazadas por un pintor en la bóveda de su tumba.”

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